Nadie monitorizaba tus conversaciones. Nadie registraba tus ubicaciones. La privacidad nunca fue un lujo, era la manera de vivir.
Después pasamos a internet y cada plataforma pedía una parte de tí: tu nombre, tu número, tus amistades. Aceptamos que el precio de hablar con los demás es informar a alguien de quién es interlocutor. Cada generación, personas y tecnología, ha funcionado así: teléfono, email, mensajería, redes sociales. Parecía el único camino.
Existe otro camino. Una red sin números de teléfono. Sin nombres de usuario. Sin cuentas. Sin identificadores de ningún tipo. Una red que conecta las personas y entrega mensajes cifrados sin saber quien está conectado.
No un candado mejorado en la puerta de otro. No un terrateniente que respeta tu privacidad pero sigue guardando un registro de tus visitantes. Tu no eres el invitado. Estás en tu casa y ningún rey podrá entrar. Tu eres el soberano.
Tus conversaciones te pertenecen, tal como ha sido siempre antes de la llegada de internet. Tu red no es un lugar que visitas. Es un lugar que has creado, te pertenece y nadie te la podrá quitar, ya sea pública o privada.
La libertad más antigua del ser humano, la de hablar con otra persona sin ser observado, materializada sobre una infraestructura que no puede traicionarla.
Porque hemos destruido el poder de saber quien eres. De manera que tu poder nunca se pueda arrebatar.
Se libre en tu red.